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domingo, 29 de agosto de 2021

DIA DEL TRAJE

 


sábado, 28 de agosto de 2021

RECUERDOS . DÍA DEL TRAJE, ANSO

 


viernes, 27 de agosto de 2021

ALFAMEN

 


jueves, 26 de agosto de 2021

RECUERDOS : DÍA DEL TRAJE, ANSÓ

 


martes, 24 de agosto de 2021

lunes, 23 de agosto de 2021

domingo, 22 de agosto de 2021

domingo, 15 de agosto de 2021

SOLEDAD

 


sábado, 14 de agosto de 2021

REFLEJOS

 


sábado, 7 de agosto de 2021

CENIZAS EN EL CIELO

 


miércoles, 28 de julio de 2021

martes, 20 de julio de 2021

PAISAJE

 


lunes, 19 de julio de 2021

AVIONES ZAPADORES

 Se trata del menor de nuestros aviones y golondrinas, aunque sólo es ligeramente más pequeño que el resto. Se pasea por las aguas del ebro constantemente, recogiendo mosquitos.






domingo, 18 de julio de 2021

ZAPATITOS

 










... A VER SI SE PUEDE VIVIR DEL RECUERDO

viernes, 18 de junio de 2021

PASILLOS ... dos

 ... CONTINÚA

Si la parte de la derecha era de mi abuelo, la de izquierda, la cocina, con una enorme chimenea cónica que ya se habrá caído, era el reino de  las mujeres. La del calor y la lumbre, del humo y del olor a dulce y pan caliente.

Despensa y alacena. Del horno salían panes y tortas, como si fuese magia. El fuego es la luz que alumbraba las cocinas. No recuerdo bombillas. La luz de la chimenea y la luz del horno.

Había un pequeño cuarto con unas grandes arcas que contenían la masa del pan y la harina. Las artesas contenían las hogazas del mes tapadas por mantas blancas. Se hacían unos panes que duraban más de quince días. Territorios intocables, sólo me mandaban batir el azúcar hasta ponerse meloso.

En la cocina propiamente dicha se abría un gran cono, por el que salía el humo y entraba un poco de luz. A los lados bancos, espacio de trabajo, comida y juegos. Las luces de la lumbre en los rostros cansados, el frío en las manos, el calor de la lumbre.

En días de más frío, en pleno invierno, cuando no se podía trabajar en otras tareas, se limpiaban de maleza y barro los arroyos. Se juntaban en común, en cuadrillas, trabajos mancomunados y jamás he visto a nadie con tanto frío.  Mojada la ropa, sin calzado adecuado, embarrados, rompiendo el hielo. Había algún cangrejo para la cena ya que tenían que desecar el arroyo, en una época que estaba prohibido cogerlos. El verano la mejor tarea, cuando estaba recogido el trigo era ir a coger cangrejos, echar los reteles al rio y subir rio arriba rio abajo, sacar y mirar a ver que había caído dentro.

 

   Otras noches fueron de risas y contento, cuando llegaban los leñadores a la casa de mi tía, de bromas, cosquillas, contento y alegrías. Yo era el objeto para esa gente que estaba feliz y contenta al calor de la lumbre, después de un día de duro trabajo.

Esperas entrecortadas por silencios. Con los dedos de las manos construíamos figuras en las paredes. Y siempre los gritos de que nos alejáramos de las brasas. En el pueblo de mi abuelo había una mujer que había caído en las llamas del fogón. Unos ojos negros y profundos sobresalían de una cara aplastada, como de plástico, con la piel arrugada. Me daba miedo.

Si estábamos en casa de los abuelos, podía ser para el trabajo de la siega, algún viaje de mi padre, una natalidad, las fiestas de invierno, la semana santa, las de otoño, las romerías. Todo se celebraba en casa de los abuelos.

Yo rechazaba a mi abuela. No sé la razón. Me debían asustar sus manos artríticas. El dolor de sus ojos. A veces, creo que ese dolor que acarreo en el fondo del iris, es un reflejo de su dolor. Asentado en la frente, en sus ojos. Yo creo que de pequeños se sienten más esas cosas de lo deseable. Sé que no me porté bien, que rechazaba sus caricias. Era una niña, la primera nieta.

Me produce un dolor que sé que no podré reparar jamás. Una sinrazón. Se estiraba, vestida de negro, bajo la toquilla negra. La recuerdo rezando. Se sabía las coplas de los carnavales  y las letanías de la semana santa. Recogía plantas, tenía un hermoso huerto donde cultivaba fresas y vainas. Sabía los nombres de muchas plantas, que heredamos su hija y su nieta.

El gusto por la naturaleza se lo debo a ella y a mi madre. Por recoger de todo, plantas, setas, flores, caracoles, cangrejos… auténticas depredadoras. La satisfacción de recoger los rateles cargados de cangrejos era algo sin igual. Cuando voy al campo y olfateo las setas, el calor húmedo que acompaña a las primeras lluvías de septiembre me estimula las neuronas y me incitan a repasar palmo a palmo el suelo, a bordear los caminos, no puedo evitarlo. Es una de las mejores cosas. Con las que más he disfrutado. Ahora me duele ver los campos destrozados por los recolectores afanados en no dejar nada de nada, el ansia de llevárselo todo, hasta lo que no  aprovechan.

Cuentos días de otoño, con lluvia, con frío. Y los días de sol del inicio del invierno, con esa luz dorada que calienta como ninguna. Esperando sentados a que bajara el sol, esos atardeceres largos y calientes.

La primera vez que fui a recoger setas, me mandaron el día del Pilar, a primeros de octubre, con una cesta con el resto de los niños. Yo era muy pequeña y no sabía. Me quedaba rezagada. Me daba miedo perderme por los campos de castilla y además no encontraba nada de nada. Me daban ganas de llorar. He sido muy llorica. Pero al final encontré un ramillete. Seguro que algún alma caritativa me las dejó a la vista, como he hecho yo tantas veces con los niños pequeños. Aparecían hasta cortadas y listas para recoger. Los placeres mayores en las cosas más sencillas.

viernes, 4 de junio de 2021

EXPOSICIONES : SOLANA VS. GOYA

 EXPOSICIONES : SOLANA VS. GOYA

MÁSCARA Y SIMULACIÓN

En la sala de exposiciones Ignacio Zuloaga de FUENDETODOS.

Hasta octubre se debe visitar esta interesante exposición sobre el desconocido SOLANA, gracias a la Calcografía Nacional de Madrid y se ha hecho una buena selección de temas comparativos que nos dan a conocer el pasado.






. De paso podremos pasear por el pueblo o por el campo.

miércoles, 2 de junio de 2021

PAREDES

 


sábado, 29 de mayo de 2021

PASILLOS ... uno


En la infancia no había pasillos, sólo portales, como patios. Era la entrada de la casa, paredes blancas; encaladas. Suelos de yeso asentados a base de aguadillas que eliminaban el polvo que levantaban las escobas de támaras, gordas y pesadas. Desde pequeñita te decían: barre el portal.

En los patios había pocas cosas. Teníamos pocas cosas pero así el ganado podía pasar sin impedimentos hasta las cuadras que estaban al fondo y calentaban la casa. El mobiliario se llevaba de un lado para otro según las necesidades: sillas de anea, banquetas, taburetes. Las paredes se con objetos colgados: el calendario del año, serones, cuerdas y poco más. Yo recordaba las vacas al fondo, pero no tengo el recuerdo de que pasaran por el patio. Tenía prohibido acercarme. Siendo muy pequeña me había metido en el corral de las vacas, en las afueras del pueblo, perdida entre las vacas, alguien impidió que quedase aplastada bajo sus pezuñas (no sé si lo recuerdo ó me lo contaron y lo incorporé al repertorio, pero la sensación de angustia buscando a mis padres la he tenido siempre, tocando el lomo de los animales, caliente y duro).

Recuerdo el patio de la casa de mi abuelo con montones de moscas, pesadas y apestosas. Una entrada grande y espaciosa.  Paredes de blanco sobre blanco donde se asentaban las moscas en verano. Espantarlas era una tarea más.

A la derecha un salón con alcobas. Aparadores de estilo renacimiento,  una mesa grande, las sillas, arcas y poco más. Creo que siempre fui un poco inquieta, mi preferida era el arca con los papeles de la Alcaldía. Me llevé muchos gritos por intentar adentrarme en aquel mar de maravillas, por intentar toquitear los dominios de mi abuelo. Y desde luego que los toqué, hasta debí romper algún papel importante que sólo se abría en ocasiones especiales.

Supongo que era una niña malcriada: la primera nieta. Mi abuelo me compró mi mejor regalo de reyes: un parchís. Y yo era displicente y desobediente. El pueblo de mi abuelo distaba a dos horas de caballo y yo una noche me la pasé entera llorando. Me tuvieron que devolver a la mañana siguiente. Yo tenía claro que algo pasaría en mi casa y no quería perdérmelo. Y así fue, a la vuelta mi mamá estaba en la cama, hecha añicos sostenía a un bebe entre las mantillas blancas. Era enero. No me gustó nada, menos mal que me dieron unas galletas de vainilla, mis preferidas. Nunca había pensado en el dolor de mi abuelo, que me había llevado y devuelto entre el frío y la nieve por los caminos helados.  Cuanta malicia hemos dejado por el camino sin que nos demos cuenta, sin pesadumbre.

 El olor de la vainilla me trae buenos recuerdos: alegrías, alacenas abiertas, anís antes de ir al campo, amaneceres fríos, cumpleaños, copitas blancas. Nada se podía tocar ni manosear. Todavía conservo esas copitas, los vasos y mis recuerdos. Mis vecinos habían nacido el mismo día que yo. Los dos y mi cumpleaños siempre se festejó así. Hasta que nos marchamos. Y ellos se quedaron solos. Una tarde, el marido no llegaba y fueron a recoger su cuerpo sobre el surco labrado. Yo entonces no sabía ni lo que era la muerte. La gente sólo desaparecía y las mujeres se vestían de negro y lloraban, más bien se tragaban las lágrimas.

Si la parte de la derecha era de mi abuelo, la de izquierda, la cocina, con una enorme chimenea cónica que ya se habrá caído, era el reino de  las mujeres. La del calor y la lumbre, del humo y de las brasas.

viernes, 28 de mayo de 2021

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